En estos últimos días estoy aprendiendo mucho sobre filosofía moderna y es realmente interesante cómo algunas concepciones que yo tenía de antes, algunas ideas preconcebidas se me están desmoronando a medida que pasan los días. Una de ellas era que la “edad moderna” comenzaba en el siglo XVIII. Pues resulta que comenzó dos siglos antes y curiosamente sus inicios fueron turbulentos, ya que se proponía romper con el antiguo sistema basado en la religión y la superstición y que ponía a Dios como causa de todas las cosas. En el texto que os presento a continuación se nos habla de plantearnos las cosas más seriamente sin tener miedo a condenas o represiones. Ser dueños de nuestro pensamiento sin interferencias que nos coarten nuestra libertad, que es de hecho propia de los seres humanos modernos.

De esta manera nos encontramos con el escepticismo y más concretamente con Michel de Montaigne: el creador del género literario que hoy conocemos como ensayo. Aquí os dejo un fragmento de su obra “Ensayos” y en concreto de su capítulo número XII del Libro II: “Apología de Raimundo de Sabunde”.

Amor y Pensamiento, Maty…

    “Consideremos, pues, por un momento, al hombre solo, sin socorro ajeno, armado únicamente con sus armas, y desprovisto de la gracia y el conocimiento divino que constituyen todo su honor, su fuerza y el fundamento de su ser. Veamos cuánta constancia tiene con semejante aparejo. Demuéstreme mediante esfuerzo de su razonamiento sobre qué bases ha erigido esa gran superioridad que cree tener sobre las demás criaturas. ¿Quién le ha convencido de que ese formidable movimiento de la bóveda celeste, la eterna luz de esas antorchas que giran con tanto orgullos sobre su cabeza, la espantosa agitación de ese mar infinito, han sido establecidos y permanecen durante tantos siglos en beneficio y servicio suyo? ¿Se puede concebir algo más ridículo que esta insignificante criatura que no es dueña ni de sí misma, expuesta a los ataques de todas las cosas, se diga dueña y señora del universo del que no puede conocer ni una mínima parte, y menos aún mandar sobre él? ¿Y ese privilegio que se atribuye de ser el único ser en este gran edificio que tenga la capacidad de reconocer su belleza y sus partes, el único que pueda dar gracias por ello al arquitecto y llevar la cuenta de los ingresos y gastos del mundo, quién se lo ha concedido? Muéstrenos el título de tan grande y hermoso cargo.
    (…) Es la presunción nuestra enfermedad natural y original. El hombre es la criatura más calamitosa y frágil de todas, y al mismo tiempo, la más orgullosa. Se siente y se ve colocada aquí, entre el lodo y el excremento del mundo, ligada y clavada a la parte peor, más muerta y vil del universo, en el nivel más bajo de la morada y el más alejado de la bóveda celeste, con los animales de la peor condición de los tres; y se coloca con la imaginación por encima del círculo de la luna poniendo el cielo a sus pies. Es por la vanidad de esa misma imaginación por lo que se iguala a Dios, se atribuye cualidades divinas, se elige a sí mismo y se separa de la multitud de las demás criaturas, divide las raciones para los animales, sus congéneres y compañeros, y les reparte la porción de sus facultades y de fuerzas que mejor le parece. ¿Cómo conoce, mediante el esfuerzo de su inteligencia, los movimientos internos y secretos de los animales? ¿De qué comparación entre ellos y nosotros deduce la necedad que les atribuye?

      Cuándo juego con mi gata, ¿quién sabe si no me utiliza ella para pasar un rato más que yo a ella?

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